La vida en familia cambió cuando los teléfonos inteligentes se metieron en los bolsillos y las pantallas se quedaron en casa, en los cuartos, en los bolsos de los chicos. No se trata de demonizar la tecnología, sino de aprender a usarla en favor del desarrollo. Los progenitores que veo más sosegados no son los que prohíben todo, sino los que marcan un marco claro, charlan, y ajustan ese marco con el tiempo. Aquí comparto aprendizajes prácticos que he visto marchar en hogares reales, con tropiezos incluidos, para quienes procuran consejos para ser buenos progenitores sin transformar la casa en una batalla diaria.
Un principio sencillo: presencia ya antes que pantallas
Cuando un pequeño entra a casa y ve a los adultos mirando el móvil, entiende que la pantalla manda. Si primero hay abrazo, mirada y una pregunta auténtica, el mensaje cambia. Un padre me afirmó que comenzó a dejar el móvil en el aparador al llegar del trabajo. No lo hizo por una teoría, sino porque se dio cuenta de que su hija de seis años le solicitaba que la mirase a los ojos. Dos semanas después, la pequeña se ofrecía a dejar asimismo su tableta al lado para “hacer lo mismo”. La tecnología contagia, mas la presencia asimismo.
Por eso, antes de charlar de límites, resulta conveniente comprobar el ejemplo. Los niños aprenden el uso de lo digital observando el uso adulto. Pequeños rituales sostienen esa coherencia: sentarse a la mesa sin pantallas, mirar juntos un video corto y luego comentarlo, avisar cuando se va a contestar un mensaje de trabajo y terminar en dos minutos. No requieren discursos, solo consistencia.
Edad, madurez y pantallas: no hay una talla única
Muchos procuran tips para enseñar bien a un hijo y esperan una cantidad mágica: a qué edad dar móvil, cuántos minutos de pantalla. Las guías varían, y con razón, por el hecho de que los pequeños difieren mucho. Un niño con TDAH no reacciona igual al estímulo constante que uno con temperamento apacible. Aun así, hay rangos razonables que suelo proponer como punto de partida, no como ley.
Antes de los 3 años, mejor pantallas muy ocasionales y acompañadas. Entre cuatro y 6, contenidos elegidos y breves, veinte o treinta minutos con pausas y siempre con adulto cercano. De 7 a 9, primer contacto con contenidos más extensos, siempre y en toda circunstancia con supervisión, reglas claras y dispositivos en zonas comunes. Entre 10 y 12, el enorme puente: empiezan los chats de clase, los juegos para videoconsolas on-line, la curiosidad por redes. Aquí el enfoque no es solo limitar, sino más bien formar criterio. Desde trece, si se otorga móvil propio, es conveniente establecer un pacto escrito fácil que todos entiendan.
Una madre me contaba que su hijo de 11 años deseaba WhatsApp “porque todos lo tenían”. Hicieron un trato temporal: se lo instalaron solo en el tablet de la sala, sin datos, durante tres meses. Examinaron cada semana cómo lo utilizaba, qué mensajes le incomodaban y qué contestar cuando alguien insistía en algo que él no quería. Pasados esos meses, el pequeño comprendía mucho mejor el código del conjunto. Retrasar no es negar, es adiestrar.
Límites que cuidan la relación
Un límite sentido como castigo dura poco; un límite sentido como cuidado se vuelve hábito. La diferencia está en de qué manera se acuerda y de qué forma se examina. Es conveniente que la regla sea concreta, entendible y que tenga un porqué. “Nada de pantallas por la noche” suena abstracto. “A las 20:30 dejamos todos y cada uno de los dispositivos a cargar en la cocina a fin de que el cerebro descanse y durmamos mejor” aterriza mejor. Acá entra una de las claves: todos es todos. Si el adulto se guarda el móvil en la mesita por la noche, el adolescente lo apreciará.
Las transiciones son un foco de conflicto rutinario. Un pequeño de ocho años inmerso en un juego no corta de golpe sin frustrarse. Un truco que reduce un setenta por ciento las peleas es anticipar los cambios: avisar con diez minutos, luego con cinco, y dejar que el pequeño haga un cierre en el juego. Cuando se trata de series, convenir “un episodio, no autoplay” y que el adulto sea quien apague fortalece el límite. Las aplicaciones de control parental asisten, pero no reemplazan el acuerdo. Su valor principal está en hacer que la regla se cumpla sin negociaciones eternas.
Contenidos: más vale acompañar que prohibir a ciegas
Los filtros son útiles, mas la curiosidad siempre y en todo momento encuentra grietas. Lo más efectivo que he visto es ver juntos, comentar y preguntar. Con niños pequeños, basta una narración simple: “Esto es ficción, los golpes en la vida real duelen de verdad”, “Esa publicidad quiere que adquiramos algo, por eso parece tan perfecta”. Con preadolescentes, es conveniente ir un paso más: “¿Qué piensas que buscaba esta persona al publicar esa foto?”, “¿De qué manera te hace sentir este reto?”, “¿Quién gana con este video?”.
En una escuela, un grupo de doce años se enganchó a un reto de saltos peligrosos. Prohibirlo produjo intentos a ocultas. Lo que funcionó fue enseñar un video corto de un deportista explicando preparación, peligros y cuidados, y después plantear un reto alternativo en el patio con supervisión. El mensaje no fue “no hagas”, sino más bien “elige con criterio y cuida el cuerpo”.
También con juegos vale mirar con ellos. Algunas sagas promueven estrategia, cooperación y lectura de entornos; otras basan su atrayente en micropagos y recompensa variable. Un padre que juega una partida a la semana con su hijo aprende sobre su planeta digital y, de paso, enseña a perder sin saña, a respetar turnos y a detectar prácticas desmesuradas como las cajas de botín.
Redes sociales: identidad, reputación y pausa
Abrir una red no es un acto técnico, es una decisión sobre identidad pública. No hay prisa. Si bien la plataforma diga “13+”, la pregunta real es si el muchacho puede mantener una conversación bastante difícil, recibir una mofa sin derrumbarse y solicitar ayuda cuando hace falta. Tres señales suelen predecir buen manejo: respeta horarios sin vigilancia constante, cumple pactos aunque el adulto no mire, y asume consecuencias sin dramatismo. Si esas señales no están, conviene esperar y seguir entrenando.
Cuando se abre la puerta, sugiero comenzar con cuentas privadas, lista corta de contactos conocidos y tiempo acotado. Aconseja frenar antes de publicar: escribir, dejarlo en boceto, releer en diez minutos. Esa micro pausa evita peleas y vergüenzas. También enseña a reconocer la diferencia entre mensaje público y mensaje privado, y a no reenviar atrapas sin permiso. Nada complejo, pura higiene digital.
Fotografía y familia: el permiso asimismo se aprende
Muchos progenitores comparten fotos de sus hijos con la mejor pretensión. Merece la pena repasar el hábito. Consultar “¿te parece si subo esta fotografía?” enseña consentimiento y control de imagen desde temprano. Si el pequeño afirma que no, se respeta. Un adolescente me dijo que la peor vergüenza no fue un meme del colegio, sino una fotografía suya disfrazado a los 5 años que su madre publicó en un conjunto amplio. Cuando los adultos modelan respeto, los chicos replican ese respeto en sus chats.
El tiempo no es el único factor: calidad de experiencias
He visto pequeños con dos horas de pantallas al día medrar sanos, creativos y conectados con su familia, y también pequeños con 45 minutos de uso muy pobre que quedan irritables y ensimismados. No es solo cuánto, sino qué y de qué forma.
Experiencias digitales de calidad invitan a crear, no solo consejos para educar hijos a consumir. Programar con Scratch, editar un video sobre un tema que les importa, grabar un podcast casero, diseñar un cartel para la feria de ciencias. La diferencia es tangible: cuando un pequeño crea, sale de la pantalla con energía; cuando solo desliza sin fin, sale a medias, con inquietud. Un indicador práctico: si después de utilizar un dispositivo el niño está más presto a hablar, moverse o hacer otra cosa, probablemente ese uso fue saludable.
Preparar para lo difícil: ciberacoso, pornografía y estafas
Evitar el tema no protege. Los chicos se encuentran con contenido sexual, mofas y engaños, a veces involuntariamente. Resulta conveniente hablarlo antes que ocurra. La charla no tiene que ser solemne ni técnica, solo clara.
Una pauta que marcha es pactar un plan de 3 pasos cuando algo incomoda: no responder en caliente, hacer una atrapa o guardar evidencia, y contar a un adulto de confianza. Ensáyalo con ejemplos específicos. Si aparece pornografía en la tableta compartida, no dramatices. Di que hay contenidos concebidos para adultos que no muestran relaciones reales ni permiso, que si vuelve consejos para padres y madres a salir puede informarte, y actúa sobre el filtro. Si hay ciberacoso, prioriza el bienestar del pequeño sobre la “prueba” pública. Documenta, notifica a la escuela si corresponde y evita respuestas que escalen el enfrentamiento.
Con estafas, el adiestramiento práctico gana: muestra correos falsos, URLs inciertas, cuentas que solicitan datos. Jueguen a detectar señales de alarma. Un adolescente al que le enseñaron a desconfiar de “urgencias” evitó una estafa de compra y venta porque solicitó verificar la identidad por otro canal.
La casa como ecosistema: sueño, movimiento y comida
Muchos problemas atribuibles a pantallas son realmente inconvenientes de sueño o falta de movimiento. Un preadolescente con seis horas de reposo estará irritable con o sin móvil. Proteger el sueño pasa por recortar pantallas cuando menos una hora ya antes de acostarse, mantener una hora de ir a la cama estable, y emplear luz cálida de noche. El cuerpo necesita moverse. Una hora diaria de actividad física, si bien sea repartida en intervalos, mejora el humor y baja la dependencia del estímulo digital. Comer con calma, sin pantallas, ayuda a que el cuerpo registre saciedad y a que la familia se cuente el día.
Cuando estos pilares están razonablemente en su lugar, las negociaciones sobre pantallas bajan de tono. Un adolescente que entrena tres tardes a la semana y duerme bien discute menos por diez minutos extra de vídeo.

Economía de la atención: hacer visible lo invisible
Las plataformas compiten por tiempo y datos. No hace falta atemorizar para enseñar, basta explicitar el modelo: si algo semeja gratis, tú eres el producto. Piensa en las notificaciones como vendedores que tocan la puerta. Un adulto puede instruir a configurar alarmas de tal modo que solo suene lo importante. Quitar el autoplay, apagar notificaciones de juegos y redes a lo largo del estudio, y utilizar el móvil en escala de grises por ratos reduce el impulso automático. Son resoluciones pequeñas que suman control.
Acordar por escrito: el pacto digital de la familia
Los acuerdos verbales se diluyen. Un pacto escrito, fácil y revisable, da claridad. Propón que lo redacten juntos, incluyan razones y consecuencias razonables, y fijen una fecha de revisión. No es un contrato recio, es un mapa.
Lista de verificación para un pacto equilibrado:
- Dónde se usan los dispositivos en casa y dónde no. Horarios de uso en días de escuela y fines de semana. Qué ocurre con el móvil por la noche y dónde se carga. Qué hacer si aparece contenido que molesta o atemoriza. Cuándo se revisan los acuerdos y cómo pedir cambios.
Guarden el pacto en la cocina, con fecha. Si algo no funciona, lo ajustan. He visto familias pasar de luchas al día a conversaciones breves solo por tener el acuerdo visible.
Cuando el uso se desmadra: señales y ayuda
No todos los enfrentamientos son iguales. Si el niño miente de manera sistemática sobre el uso, se aísla de amigos, pierde interés en actividades que antes le gustaban, o explota de forma desproporcionada cuando se le solicita parar, es conveniente mirar más hondo. A veces hay ansiedad, tristeza, acoso escolar o dificultades de aprendizaje detrás. Reducir pantallas ayuda, pero no soluciona la raíz. En estos casos, pedir orientación a un profesional no es un descalabro, es una muestra de cuidado.
Una familia llegó muy sobresaltada pues su hijo de catorce años jugaba hasta la madrugada. El castigo no funcionó. Resultó que le costaba dormir por preocupaciones académicas y utilizaba el juego para anestesiar. Trabajaron rutinas de sueño, técnicas simples de respiración y un plan con el instituto. El juego bajó solo, sin imposiciones extremas.
Herramientas tecnológicas: útiles, no mágicas
Los controles parentales, los perfiles por edad y los reportes de uso son aliados. Permiten poner límites que no dependen de la fuerza de voluntad del día. Mas tienen techo. Desde cierta edad, los chicos hallan atajos. Lo sano es usarlos como soporte, no como columna principal. Ajusta las configuraciones con tu hijo al lado. Explícale qué mides y por qué. Si el control se vive como espionaje, aparece el escondite.
Un consejo práctico es repasar el tiempo de uso juntos cada domingo. Miren qué aplicaciones consumen más, de qué forma se sintieron esa semana, y escojan un cambio. Un pequeño ajuste semanal es más sustentable que una reforma radical que dura dos días.
El rol del aburrimiento
El aburrimiento no es enemigo, es el puente a la inventiva. Si cada minuto fallecido se rellena con contenido, el cerebro pierde práctica para inventar. Deja espacios sin estímulo, sobre todo en recorridos cortos o salas de espera. Lleva un cuaderno pequeño, un rompecabezas fácil, o juega al veo veo. En dos semanas, notarás que solicitan menos el móvil. Un padre me contaba que cambió el móvil del turismo por adivinanzas de camino al instituto. 3 meses después, sus hijos inventaban historias por turnos. Semejan detalles, pero construyen atención.
Acompañar el estudio en tiempos de distracción
Estudiar con un smartphone cerca es como preparar una sopa con el grifo abierto. Se diluye la concentración. Para tareas, define un espacio y un bloque de tiempo con el móvil fuera de la habitación o en modo aeroplano. Solicita a tu hijo que anote en un papel las interrupciones que le vienen a la cabeza (“ver el grupo”, “buscar un video”) y que las atienda en la pausa. Ese simple ademán descarga la psique y respeta la curiosidad sin cederle el volante.
Una técnica que marcha desde los 10 años es trabajar en intervalos de 25 minutos de foco y cinco de descanso. Durante el descanso, mejor moverse que mirar una pantalla. Mudar de postura, estirar, beber agua. Pequeño, específico, efectivo.
Dinero digital y compras en apps
Antes de habilitar pagos, resulta conveniente educar presupuesto. Usa una tarjeta prepaga de bajo monto a fin de que practique. Charlen de diferencias entre adquirir algo que dura y abonar por ventajas momentáneas. Muestra el histórico de gastos en un juego y calculen cuánto costó verdaderamente un “pack” pequeño cada semana. La matemática es más persuasiva que el sermón.
En una familia, decidieron que por cada euro gastado en un juego, el hijo debía destinar otro euro a ahorrar para un propósito propio fuera de la pantalla. El chaval comenzó a meditar dos veces y, sin prohibición, redujo las compras impetuosas.
Comunidad y escuela: alinear mensajes
Educar en digital es más simple cuando hay acuerdos mínimos entre familias. Un conjunto de progenitores que decide no permitir móviles en fiestas de primaria evita comparaciones y conflictos. La escuela puede reforzar con normas claras y espacios de diálogo. Propón asambleas para compartir trucos para educar a los hijos y dificultades específicas, sin competir por quién pone la regla más rigurosa. Lo que más ayuda es la honestidad: “esto nos cuesta”, “esto nos funcionó”.
Si el conjunto de padres del curso es un hervidero, sugiero moverse a una app de comunicación escolar oficial para temas académicos y dejar el chat social solo para lo imprescindible. Reduce el estruendos y baja la ansiedad.
Tu calma como herramienta principal
Los niños registran el tono. Si las pantallas se transforman en campo de guerra, cada regla se vive como una provocación. Respira antes de entrar a la charla. Si estás muy cargado, posterga el debate y anuncia cuándo lo reanudarás. Un “ahora no vamos a decidir, lo charlamos a las 19 con cabeza fría” mantiene el vínculo y evita palabras de las que entonces cuesta volver.
Al final, instruir en la era digital se parece mucho a instruir siempre: presencia, límites con sentido, escucha, y una dosis de humor para sobrellevar lo impredecible. Los consejos para instruir a los hijos pierden fuerza si no se amoldan a tu familia. Prueba, evalúa, ajusta. Lo digital cambia rápido, pero las necesidades de los chicos se sostienen reconocibles: pertenecer, explorar, sentirse capaces y queridos.
Lista corta para comprobar tu semana con lo digital:
- ¿Hubo por lo menos una actividad creativa en pantalla? ¿Dormimos con los móviles fuera de las habitaciones? ¿Charlamos sobre algo visto en redes sin juicio inmediato? ¿Pudimos cumplir los horarios acordados la mayor parte de los días? ¿Salimos cuando menos 3 veces a desplazar el cuerpo en la semana?
Si dos o más respuestas son “no”, no hace falta culpa. Elige una para prosperar y empieza hoy. La perseverancia, más que la severidad, es lo que da equilibrio. Y ese equilibrio, cada día, es el mejor de los consejos para instruir a los hijos en esta temporada, con cariño y criterio, sin perder de vista que lo esencial, siempre y en todo momento, es la relación que mantiene todo lo demás.
